
Sólo quiero lo bueno.
En primera persona

Llegó el punto en que me aprieta el corazón
de tanto comer ansias y desvelos.
Atragantada de tanta información
que genera tu silencio.
Mejor hablemos.
Digamos: por favor, gracias, hasta luego.
Digamos: buenos días
buenas noches no, (sin ti no puedo…)
abstengámonos de decir adiós,
pero digamos aunque sea lo menos,
para sujetar con ese hilo de voz
la ilusión
de que nos pertenecemos.
Hay verbos que son de uso exclusivo de los hablantes yucatecos, o con significación especial en esta tierra. Checa los siguientes:
Escorar. Acomodar las cosas de tal manera que queden ordenadas.
Anolar. (nóol) Disolver algo sólido en la boca.
Negocear. Acción, pasión, reacción o potencia de hacer “algo”.
Apescar. Pedzkàt (presionar algo) Apretar un botón con un dedo. “apéscale ahí”.
Buscar. Localizar algo y hallarlo, indistintamente: estoy buscando trabajo…¡ya lo busqué!
Samarrear. Mover algo violentamente, por ejemplo, un bebé…
Majar. Aplastar algo, un dedo, un perrito, un transeúnte,
Emposmar. Inflamación de la panza por mala digestión.
Levantar.(li’is levantar y guardar) Guardar un objeto en la parte alta del ropero, la cocina o la cómoda. ¿Dónde dejaste mi cartera? La levanté ayer porque estaba mal puesta.
Gustar. (Cha’an mirar, gustar, observar)Mirar, generalmente la televisión.
Acechar. (ch’ene’et) En Yucatán se usa como asomarse a algún sitio. “Voy a acechar qué hace mi hijo”. En lugar de esconderse para atacar, como se usa en otros lados.
Pringar. Salpicar. Cuida que no te pringue, que estoy haciendo limonada.. las personas muy pesadas pringan, de tan sangronas.
Achocar. (Chok’)Amontonar, apretar, juntarse. “Pónganse en fila, pero no se achoquen”.
Tajar. Sacarle punta a un lápiz con el “tajador”.
Surtir. Cuando se lo surtieron, quiere decir que le dieron duro y tupido a nalgadas.
Trepar. Subirse a un árbol, al autobús, a la mesa, etc.
Flitear. Fumigar a los moscos con insecticida.
Gastar.(Gastar el zapato, dinero, comida…) Xuup Acabar. Se gasta el dinero, se gasta la comida, se gasta el trabajo, se gasta, incluso, la telenovela cuando se acaba.
Chalear. (Chaal) enjuagar algo. Medio lavar: los trastes, la ropa, o a uno mismo.
Alisar. (Taadz) dejar liso algo. Pasarle la plancha a una prenda.
Después de tantos cambios de domicilio ahora sé que mi casa es el lugar en donde me siento segura. ¿Un patio oscuro y húmedo, amplio y con olor a hierba? ¿Una habitación luminosa en donde se escuchen risas? ¿Una hoja en blanco y una caja de colores de esas que tienen una Blanca Nieves estampada de un lado y una bruja amarilla del otro? ¿Una capilla que huela escandalosamente a nardos? ¿Mi casa es una tela de algodón con la que se puede vestir muñecas, hacer cortinas nuevas o sacar cuatro trapos de cocina? ¿es una caja de galletas?
Mi casa es un lugar para dejarte entrar, y para dejarte ir. Un lugar para no cambiar por otro y para cambiarlo de lugar como si tuviera ruedas. Un espacio para guardarme mi bondad en un cajón cerrado a los reclamos. Una propiedad privada, como puedes ver, y con la puerta abierta.
El trayecto en autobús de
¿Qué me emociona? Haber pasado dos días hermosos con mi familia. Ahora que mis hermanas se casaron y tienen hijos me siento todavía más cerca de mis padres. Ellos y yo somos una familia, pero también soy una adulta y es interesante cómo interactuamos ahora, cómo hay ternura y fronteras, respeto e intimidad. Me gusta mirarlos, en el viaje en la camioneta, mientras ellos pensaban que yo leía, los observaba platicar con rostros sonrientes y buen humor, tomados de la mano, como suelen viajar desde hace más de 33 años.
También compartí estos días con la familia de mi hermana Cecilia. Ellos me han adoptado también. Mi cuñado es mi gran amigo desde antes de que ellos fueran novios y su pequeña Maricarmen es la bebé de quien más he estado cerca. Ella misma, cuando cuenta a los miembros de su familia y enumera a sus papás y a su hermanita, se pregunta al final…¿y tía?
Estos días pude dormir profundamente, comer rico, leer “La suma de los días” de Isabel Allende, conmoviéndome cada dos páginas, reírme con mi familia y decirle muchas palabras de amor a la pequeña Bebelú… (Los bebés, igual que las plantas y las personas, crecemos cuando nos dicen palabras de amor. No sé porque alguien nos hizo creer que la manera de madurar es con regaños) Admiro a mi hermana, creo que no encuentro una palabra mejor para describirla que “chingona” tal joven y con una familia tan hermosa. Tía incluída.
Pero bueno, creo que lo que más disfruté es este mirarme a mí sintiendo esta magia tan fuerte que me toca cada día. Las personas extraordinarias con las que me encuentro, las oportunidades que se presentan, las ideas que surgen. Este entusiasmo que no se termina. Nunca mi vida había tenido un sentido tan claro. Todavía a principios de año no tenía yo la menor idea de lo que quería hacer con ella y ahora…como si me hubiera nacido un niño largamente esperado, todos mis días están dedicados a criarlo, admirarlo y verlo crecer, soñando un futuro extraordinario para él.
¡Mi sobrinito de dos años y mi hermana bajaban por las escaleras del súper! No sé ustedes, pero a mí, encontrarme con alguien de mi familia en la calle (o súper) se me hace un acontecimiento de lo más afortunado, aunque no pasen dos días sin que nos veamos en nuestras casas. Así que en esta ocasión pagué a toda prisa en la caja, y salí corriendo a su encuentro. A José, mi sobrino, no le pareció extraña mi presencia, y antes de decirme Hola tía, me señaló algo que sí lo estaba impactando: ¡Dora
Esto es lo que pasa cuando no veo la frontera entre la ficción y la realidad, y me alegra que así sea desde siempre. Además, estos acontecimientos tienen su extra de interés para mí. Luego luego comienzo a pensar en lo padre que sería contar lo que me pasó, tal como estoy haciendo ahora. Y entonces cuento mis famosas anécdotas. Durante los años que fui maestra de la materia de Lectura y Redacción en una preparatoria, solía embobar a mis alumnos con la narración de mis aventuras. Tiene razón Lisa Lipkim cuando afirma que “si existe un hilo universa que nos una a todos, sin excepción, es la necesidad de cuentos, y no sólo como entretenimiento o diversión, sino como una fuerza vital esencial”
Era sorprendente mirar el gozo en los ojos de esos inquietos y tecnologizados muchachos, cuando les contaba la historia del rapto de mi pollito Nico en aquellos días de mi infancia en Veracruz, o constatar lo mucho que les entretenía que les contara el enfrentamiento de mi gata Belílula con la zarigüeya que invadió nuestra cocina. Sí, las historias y los cuentos siguen fascinando en estos tiempos del Internet, y continúan captando la atención a pesar del hecho de la educación visual y la rapidez de los medios. No hay nada más poderoso que la imaginación.
Los seres humanos estamos enfermos
Hace unos meses soñé que todos teníamos algo vendando.
Y sí, las cicatrices son más resistentes que la piel…
pero ojalá no hiciera falta ser resistentes, sólo acariciables.
Ayer pensaba en mí misma de cinco años.
Me dio un acceso de llanto volver a
palpar esa inocencia para morirse,
esa delicadeza que por poco y sí me muero.
y sigo siendo igual, por eso la sorpresa,
ante la candidez y la falta de malicia
y este rechazo total a lo que no es noble
porque no es fácil andar así, a flor de piel de niña,
con la delicadeza en la punta de los dedos
y la trasparencia como único recurso,
Porque me duele, y mucho, mirar cuando no aprendo,
eso de la astucia y las barreras,
y porque me he negado a dejar de ser ella,
porque no creo en la manipulación
ni juego
cuando se trata del corazón, lo que se dice nunca, nunca.
Y anoche me vi también aún más distinta
Porque es claro que no me hace falta adaptación
para vivir en este mundo entre hospitales:
Sí, ya sé que yo también podría considerarme enferma.
sin embargo eso que me queda claro que fui
y ahora soy, sólo reclama una talla precisa,
mi número correcto
como en los zapatos.
Me gusta ser honesta cuando soy feliz y cuando no lo soy. No voy por el mundo fingiendo un bienestar que no vivo. No me gusta ser indiferente, sí me gusta ser entusiasta. Prefiero en todos los casos, la verdad.
Y ya lo he dicho antes: la verdad no siempre es bonita, mucho menos halagadora. La verdad es esa fuerza incómoda que me hace moverme de un lado al otro de mi silla, inquieta, inestable. Y ahora me sienta, también con fuerza, y me hace verla cara a cara.
Estamaría tiene un reto enfrente, y toma fuerzas. Lo peor ya ha pasado. Estoy en el camino correcto, vislumbro plenitud y felicidad. Sin embargo es posible que los días que vienen no sean sencillos. Alguien va a estar haciendo tremendo berrinche dentro de mí.
Pero por eso pinto un gran círculo blanco a mi alrededor: el arte, escribir, meditar; rodearme de mis queridas compañeras, llorar con ese llanto sagrado que mantiene al depredador a raya. Recibo ayuda, me concentro en mi amado trabajo, bailo con pasión, y continúo.
Muy temprano en la mañana. Acabo de tomar un jugo de naranja natural,
Ya fui a caminar, la mañana está fresca y ya estoy frente a la computadora.
La música barroca inunda el ambiente. Belílula duerme en un sillón
Todo está limpio y ordenado.
Mis amigas me saludan por el chat. Compartimos buenas noticias.
Reviso mi lista de actividades para hoy.
Teléfono. Agenda. Cartera. Libros. Plumones. Esencias.
Personas.
Definitivamente amo lo que hago.
Este es mi sueño de espacio hecho realidad. Estoy sentada, (con las piernas cruzadas) frente a mi escritorio y la compu. Detrás de la lap, también enfrente mío, un calendario bimensual con marcas de plumones de cuatro colores. A mi izquierda un mueblecillo con tres cajones llenos de artículos para oficina. En la parte de arriba se encuentra mi caja de 48 crayolas, mis pinturas acrílicas, pasteles, plumones y pinceles. Sobre la mesa blanca que uso de escritorio están también una impresora, varios aparatos, recipientes con lápices, plumas y marcadores. En la misma pared de enfrente pero a mi derecha, está el no muy agradable, pero sí muy útil, corcho de los pendientes, con una lista que dice algo tan feo cómo “Cobrarle a los del despacho” Y algo tan bonito cómo “Tomar pláticas prebautismales” Y no es que me encanten las pláticas, sino el que voy a ser madrina.
En el mueble de atrás de mí están cosas encantadoras, propias de una brujita como yo: mis libros de flores, frascos de esencias, tarjetas para descifrar mundos individuales, pócimas, encantamientos. A un lado del mueble tres lindas plantas nuevas a las que he llamado: Siria (alta y roja) Pita (con hojas que parecen ranas en un estanque) y Eduviges, que parece muy sencilla y amable.
Lo blanco de las paredes me parece más insoportable a cada rato. Haré algo al respecto mañana mismo. Y hay tres cosas que le hacen falta a este lugar: color, cuadros en las paredes, el sonido de campanitas en la puerta, y un aromatizante fresco.
El año pasado murió Ana Laura, de un lupus que no le diagnosticaron a tiempo. Mi amiga Carla sigue padeciendo dolor en el estómago y las articulaciones de las manos debido a la esclerodermia. A mí todavía me duele sentir de pronto que no sé cómo defenderme, que está a punto de pasarme algo muy malo, que alguien quien pienso me quiere, me va lastimar. Eso se llama indefensión. Las enfermedades autoinmunes como la esclerodermia y el lupus se nutren de indefensión. Cuando ésta no es conciente, pero sabemos que necesitamos poner límites o barreras, entonces surgen estas placas de células malignas que dirigen la fuerza de la agresión hacia adentro.
¿Qué es lo contrario a la indefensión? Cuando yo era una niña enferma de esclerodermia una sanadora me regaló a Perlita, mi muñera desde los cinco años. Me dijo que si dormía con ella me cuidaría. Tener algo físico a qué aferrarme durante los terrores nocturnos fue un principio. Otro gran paso fue sentir el cuidado de mis padres y no su violencia. Su colaboración y no su antagonismo. Hace mucho tiempo que, contra todos los pronósticos, sané de la esclerodermia, pero todavía no he terminado de sanar del miedo. Dicen que lo contrario del miedo es el amor, pero no me imagino, aunque quiero no sólo imaginarme, sino verlo hecho realidad, las dimensiones de un amor que sane tantas enfermedades, tanta soledad.
Cuando duermo,
mi locura disfrazada de avestruz
se siente libre.
Yo dormida, pertenezco al universo
que me acoge.
Y soy esta yo
y soy distinta
y no hay una diferencia que se note.
Cuando duermo
los caminos son fluidos.
Laberintos
que se resuelven
(ellos lo saben)
al despertar.
Cuando duermo
no hace falta más llorar
Y sin embargo
todo en mí se llueve.
Una lágrima es en mi sueño
todo un mar
Y yo misma soy el mar…
que me separe.