domingo, 2 de noviembre de 2008

Sobre la vida en día de muertos

Mis amigos los comprometidos sociales me llamaron hace rato para recordarme que hoy teníamos reunión. Desde hace casi cuatro años tengo el privilegio de reunirme dos veces al mes con este grupo tan singular de gente cálida, profunda e inquieta. En esta ocasión, como la fecha lo amerita, hablamos sobre la muerte. Yo no tenía idea de qué quería compartir; es verdad que tres de mis abuelos ya fallecieron, pero los traté tan poco y esto fue hace tanto, que su evocación, sin dejar de ser importante, no parecía muy significativa en estos momentos.

Sin embargo la ausencia ( y según nuestra fe, la presencia) de seres queridos recién fallecidos fue muy sensible esta noche, pues casi cada uno de mis compañeros ha tenido pérdidas cercanas en los últimos meses. También contamos con la visita de unos amigos de España, padre e hijo, que vinieron a México a celebrar el paso a otra vida de la esposa y madre que falleció hace un año. Josete, que así se llama el viudo, nos compartió la enorme riqueza de poder celebrar con las tradiciones mexicanas este viaje de su esposa y de dos de sus hijas a otra vida.Y yo me puse a pensar en lo que me significa la muerte. Y la reflexión sobre la muerte me llevó a una reflexión sobre la vida:

Desde niña he luchado por la vida. Primero, porque le temía en mis sensibilidad de niña pequeña, después, por aquella enfermedad degenerativa y paralizante que me aquejó y que logré vencer, y más tarde, durante mi adolescencia y juventud, porque no sabía cómo vivirla.

Durante los años que sufrí depresión la Vida parecía como una meta lejana de la cual ya casi no recordaba sus colores y sabores, pero estaba segura de que estaba ahí, detrás del espejo empañado, y que volvería a sonreírme. Por fortuna, ahora no sólo me sonríe, sino que también me sorprende. Y cuando digo vida me refiero a esa energía, a esa renovada presencia de luz, a ese movimiento dinámico, esa creatividad generadora de oportunidades, a ese gusto por lo más cotidiano, a esa percepción de los milagros diarios.

Y es que ahora no siento que lucho, sino más bien, siento que es la vida la que me sale al encuentro y sorprende. A veces, cuando me da la tentación del desánimo y la inmovilidad, la vida se impone y vuelve la alegría. Es verdad que la muerte está presente. Ayer me enteré que murió la venadita que rescataron mis padres; hoy, que acaba de fallecer el papá de un primo mío. Hace rato, me di cuenta de que cierta ilusión está más que muerta. Y está el dolor, y el desánimo, y el breve instante de desesperación.

Pero por suerte la vida tiene fuerza propia: Abrazo a mis amigos y agradezco su existencia; me deslumbra la luz de los ojos de mi sobrina de dos años; canto a voz en cuello y bailo improvisadamente en la Noche Mexicana; muero de la risa platicando con mi amiga María; me concentro y disfruto los textos que escribieron mis alumnos.

Después de escuchar las palabras mojadas en lágrimas con las que mis amigos compartieron la fe en la vida, al evocar la muerte de sus seres queridos, y al constatar que la existencia de estas personas extraordinarias está marcada por la entrega y el compromiso consigo mismos, la familia y la sociedad, me volví a mi casa con una certeza que me expande el corazón: Esto que llamo vida no es la idea consoladora de lo que “hay que apreciar” para no pensar en los dolores de la existencia, no. Es una fuerza arrasadora, impositiva, cierta. Es algo más grande que todos nosotros, que supera lo que yo soy, sufro o alcanzo a disfrutar, es la Verdad que amo y que me mueve.

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